El 14 de mayo de 2026 Almazuela participó en la II Jornada de Derechos Culturales de personas en situación de vulnerabilidad, organizada por Acerca Cultura.
Queremos compartir con vosotras las preguntas que Cristina Arroyo le hizo a nuestra compañera Tina Codina de Taula, como parte de la mesa redonda «Qué y cuánto sabemos de diversidad e inclusión. Los programas de formación y acompañamiento a profesionales del sector».
Tina Codina estuvo conversando con:
PREGUNTA: Las mediadoras culturales sois el eslabón estratégico para conectar a los públicos con los discursos y narrativas de los espacios. Muy frecuentemente, sois más conscientes de la diversidad presente en los públicos y de una manera más orgánica ofrecéis actividades adaptadas a las necesidades del público, antes de que formen parte de la estrategia de la organización cultural. ¿Cómo trabajáis desde Almazuela la formación en herramientas de inclusión y accesibilidad a las mediadoras y qué estrategias utilizáis para que las organizaciones abracen la mirada a la diversidad como una responsabilidad para garantizar los derechos de todos los públicos?
Cuando se nos plantea que somos “el eslabón estratégico” entre públicos e instituciones, hay algo ahí que es cierto, pero también algo que conviene matizar.
Sí, muchas veces somos quienes detectamos antes la diversidad real de los públicos. Pero esto no es solo una virtud: también es un síntoma. Es decir, que la diversidad no está suficientemente incorporada en la estructura de las instituciones culturales, y por eso aparece primero en la práctica cotidiana de la mediación.
La mediación trabaja en contacto directo con la experiencia: con cuerpos, tiempos, barreras, incomodidades, lenguajes que no llegan, relatos que excluyen. Y eso nos da una posición privilegiada… pero también precaria, porque muchas veces esa conciencia no se traduce en capacidad de transformación estructural.
Por eso, cuando hablamos de formación en inclusión y accesibilidad, desde Almazuela intentamos desplazar un poco el foco: no se trata solo de formar mejor a las mediadoras, que también, sino de cuestionar por qué la responsabilidad de la inclusión recae tan frecuentemente en ellas.
En este sentido, trabajamos la formación desde tres capas que se entrelazan:
No entendemos la inclusión como una suma de herramientas o como un checklist de “buenas prácticas”. Trabajamos desde marcos que entienden la diversidad como algo estructural, no como una excepción.
Aquí nos apoyamos en enfoques vinculados a los derechos culturales —por ejemplo, los marcos promovidos por UNESCO—, pero también en perspectivas críticas que cuestionan quién define la cultura legítima, quién queda fuera y por qué. Esto implica hablar de accesibilidad no solo en términos físicos o sensoriales, sino también simbólicos, económicos y afectivos.
Esto también se refleja en las formaciones: la diversidad y accesibilidad está intrínseca en ellas. En una publicación de Carlos Almela en la que analizaba las formaciones en mediación recuerdo que aparecía un listado de más de 25 másters en mediación en todo el estado español. Si se analizan los contenidos, veremos que la inclusión y la accesibilidad se refleja en muchos de ellos como módulos transversales y esto conecta con la segunda capa.
Trabajamos herramientas concretas, sí, pero siempre desde contextos reales. Por ejemplo:
Pero insistimos en algo: estas herramientas no son “recetas”. Funcionan cuando hay margen de decisión. Y aquí aparece una tensión clave: muchas mediadoras tienen la capacidad de adaptar, pero no siempre las condiciones laborales o institucionales para hacerlo.
En Almazuela entendemos la formación no solo como transmisión de conocimiento, sino como construcción de comunidad profesional.
En nuestros estatutos dicen literalmente que uno de nuestros fines como federación es “Incentivar la profesionalización mediante la formación, la investigación y el intercambio de conocimiento”.
Generamos espacios de intercambio donde compartir prácticas, fracasos, dudas. Porque muchas veces la innovación en inclusión ya está ocurriendo en la práctica cotidiana, pero de forma invisible y aislada. Nombrarlo colectivamente permite legitimarlo.
Aquí hay que ser honestas: no siempre lo conseguimos. Y no depende solo de la mediación. Pero sí hemos identificado algunas estrategias que abren grietas:
Las mediadoras culturales no deberíamos ser el “eslabón” que sostiene la inclusión en solitario.
Si lo somos, es porque hay algo que no está funcionando en la estructura. La inclusión no puede depender de la sensibilidad individual de quien media, ni de su capacidad de improvisar soluciones. Tiene que estar incorporada en la política cultural, en los presupuestos, en los tiempos, en los equipos.
Porque no estamos hablando solo de mejorar la experiencia del público. Estamos hablando de garantizar derechos. Y en ese sentido, la mediación tiene un papel estratégico, sí —pero no como parche, sino como agente que puede contribuir a transformar la institución desde dentro.
PREGUNTA: ¿Consideráis que a nivel de dirección y gerencia hay una estrategia ya consolidada de diversidad e inclusión en los espacios públicos y privados con los que trabajáis o depende en gran medida de la persona que ocupe el cargo y de su sensibilidad personal?
Desde Almazuela pensamos que, en general, todavía no podemos hablar de estrategias consolidadas de diversidad e inclusión a nivel de dirección y gerencia. Hay excepciones, por supuesto, pero no es la norma.
En la mayoría de los casos, sigue depending en gran medida de la persona que ocupa el cargo y de su sensibilidad, su trayectoria o incluso su experiencia personal con la diversidad. Y esto tiene un problema importante: genera una gran fragilidad. Cuando la inclusión depende de una persona concreta, no se convierte en una política, sino en una voluntad. Y las voluntades cambian, se agotan o desaparecen cuando hay relevos en los equipos.
También vemos otra cosa: muchas instituciones han incorporado el lenguaje de la diversidad —está en los discursos, en los planes estratégicos, en las memorias—, pero eso no siempre se traduce en cambios reales en la estructura. Por ejemplo:
Es decir, hay una cierta institucionalización del discurso, pero no siempre de la práctica. Desde los espacios de mediación —y también desde redes como Almazuela— lo que percibimos es que estamos en un momento de transición. La diversidad ya no es un tema periférico, pero tampoco está completamente integrada como una responsabilidad estructural.
¿Qué haría falta para que lo estuviera? Sobre todo, tres cosas:
PREGUNTA: ¿Cuál es la mayor dificultad que habéis encontrado para poder consolidar este trabajo que estáis haciendo de formación y acompañamiento en diversidad e inclusión?
Desde Almazuela, una de las mayores dificultades para consolidar este trabajo tiene que ver, precisamente, con nuestra propia naturaleza como red distribuida en distintos territorios. Si lo tuviera que resumir, destacaría tres grandes retos:
En definitiva, la mayor dificultad no es definir qué necesitamos trabajar —eso cada vez está más claro—, sino generar las condiciones estructurales para hacerlo de manera sostenida, situada y colectiva.
PREGUNTA: Estamos viendo que en algunos países hay un retroceso tanto en la inversión en políticas culturales como en la inversión en políticas de diversidad e inclusión. ¿Qué responsabilidad debemos asumir los profesionales del sector cultural para que no veamos aquí un retroceso en materia de derechos culturales?
Creo que es importante empezar por situar que este posible retroceso no es solo un problema del sector cultural, sino un síntoma de algo más amplio, de carácter estructural y social. Cuando retroceden las políticas de diversidad e inclusión, lo hacen en paralelo a otros retrocesos en derechos y modelos de sociedad. Por eso, la respuesta no puede ser únicamente técnica ni sectorial.
Como profesionales del ámbito cultural sí tenemos una responsabilidad, pero no tanto en “sostenerlo todo”, sino en cómo nos organizamos y en qué lugar nos situamos colectivamente. Desde Almazuela lo tenemos bastante claro:
Nuestra responsabilidad no es solo reaccionar cuando hay recortes o retrocesos, sino sostener de forma constante un marco de derechos.
Esto significa no rebajar el discurso, no aceptar que la diversidad o la inclusión sean algo opcional o secundario, y seguir insistiendo en que el acceso a la cultura en condiciones de igualdad es un derecho fundamental, no un valor añadido.
Más que asumir la responsabilidad de sostener el sistema por nuestra cuenta, nuestra verdadera responsabilidad es organizarnos, generar tejido y construir fuerza colectiva para que estos derechos dejen de depender de coyunturas políticas cambiantes.